REALIDAD O FICCIÓN – ARGENTINA UN PAÍS COMPLEJO Y DE POCA MEMORIA.- Esp. Esteban Gabriel Arias

Esp. Esteban Gabriel Arias

La lectura de los clásicos a veces nos moviliza a comparar y a pensar nuestro país, buscando formas alternativas de análisis de los conflictos o tensiones que provienen desde su origen y formación como estado nacional. Su conformación en 1853 ha dependido del capital internacional, estableciéndose Inglaterra como el principal proveedor de IED (Inversión Extranjera Directa) asociada a los dueños de grandes extensiones territoriales (burguesía agraria) van a constituir la primera estrategia de acumulación y un modelo determinado de dominación. Se podría explicar cada una de las estrategias de acumulación, pero no es el sentido de esta nota, solo se intenta aportar a través de la mirada de un autor (K Marx) que observa un proceso económico, político y social de mediados del siglo XIX en Francia, lo parecido, aclaro nunca igual, de lo que ocurre en nuestro país hoy. Estas semejanzas llamaron la atención y por esa razón me atreví a redactar este pequeño escrito.

Los textos a los que hago mención pertenecen a Karl Marx y fueron escritos en 1850 el primero y en 1851 el segundo. Considero que, por respeto intelectual a los lectores, no es necesario explicar mucho, lo expresado por este pensador clásico. Han transcurrido 175 años de su publicación, pero el análisis de la economía, del Estado y de las formas de explotación sigue vigentes. Estos fragmentos que se han utilizado corresponden con los prólogos de ambos escritos y se asemejan tanto a pesar del tiempo transcurrido a nuestra querida Argentina actual. Comprendo que los hechos históricos nunca son iguales y no se pueden comparar, pero si esto lo hubiese escrito Gabriel García Márquez, podríamos decir que estamos frente al realismo mágico latinoamericano y quizás merecería su segundo Nobel. Es deseable leer y reflexionar sobre estos textos y nuestra realidad, en función de ello intentar transformarla, por el bien de las nuevas generaciones.

Primer texto – El dieciocho brumarios de Luis Bonaparte

“Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”. K. Marx

Segundo texto – Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850

Después de la revolución de Julio (se alude a la revolución burguesa de 1830 que derrocó a la dinastía de los Borbones), cuando el banquero liberal Laffitte acompañó en triunfo al Hôtel de Ville (ayuntamiento) a su compadre o compañero, el duque de Orleáns (Luis Felipe que reinó de 1830 hasta 1848 los destinos de Francia), dejó caer estas palabras: «Desde ahora, dominarán los banqueros». Laffitte (el lector podrá ubicar aquí a cualquier amigo o funcionario del poder de turno) había traicionado el secreto de la revolución.

La que dominó bajo Luis Felipe no fue la burguesía francesa sino una fracción de ella: los banqueros, los reyes de la Bolsa, los reyes de los ferrocarriles, los propietarios de minas de carbón y de hierro y de explotaciones forestales y una parte de la propiedad territorial aliada a ellos: la llamada aristocracia financiera. Ella ocupaba el trono, dictaba leyes en las Cámaras y adjudicaba los cargos públicos, desde los ministerios hasta los estancos (prohibición de la venta libre de un producto reservando su comercio a una persona o empresa. El estanco es un atributo del estado) esto hace referencia a cierto Ministro de economía y a su Secretaria de Energía de la Nación cuyo direccionamiento de licitaciones de los activos nacionales ha sido denunciado, observado, impugnado, cuya orientación facilitaba el acceso a los amigos del poder.

La burguesía industrial propiamente dicha constituía una parte de la oposición oficial, es decir, sólo estaba representada en las Cámaras como una minoría.

La pequeña burguesía en todas sus gradaciones, al igual que la clase campesina, había quedado completamente excluida del poder político.

Su penuria financiera colocaba de antemano la monarquía de Julio (Luis Felipe Duque de Orleans) bajo la dependencia de la alta burguesía, y su dependencia de la alta burguesía convertíase a su vez en fuente inagotable de una creciente penuria financiera. Imposible supeditar la administración del Estado al interés de la producción nacional sin restablecer el equilibrio del presupuesto, el equilibrio entre los gastos y los ingresos del Estado. ¿Y cómo restablecer este equilibrio sin restringir los gastos públicos, es decir, sin herir intereses que eran otros tantos puntales del sistema dominante y sin someter a una nueva regulación el reparto de impuestos, es decir, sin transferir una parte importante de las cargas públicas a los hombros de la alta burguesía?.

A mayor abundamiento, el incremento de la deuda pública interesaba directamente a la fracción burguesa que gobernaba y legislaba a través de las Cámaras. El déficit del Estado era precisamente el verdadero objeto de sus especulaciones y la fuente principal de su enriquecimiento. Cada año, un nuevo déficit. Cada cuatro o cinco años, un nuevo empréstito. Y cada nuevo empréstito brindaba a la aristocracia financiera una nueva ocasión de estafar a un Estado mantenido artificialmente al borde de la bancarrota; éste no tenía más remedio que contratar con los banqueros en las condiciones más desfavorables. Cada nuevo empréstito daba una nueva ocasión para saquear al público que colocaba sus capitales en valores del Estado, mediante operaciones de Bolsa en cuyos secretos estaban iniciados el Gobierno y la mayoría de la Cámara. En general, la inestabilidad del crédito del Estado y la posesión de los secretos de éste daban a los banqueros y a sus asociados en las Cámaras y en el trono la posibilidad de provocar oscilaciones extraordinarias y súbitas en la cotización de los valores del Estado, cuyo resultado tenía que ser siempre, necesariamente, la ruina de una masa de pequeños capitalistas y el enriquecimiento fabulosamente rápido de los grandes especuladores (las tasas de las LEBAC, las tasas de interés liberadas para las Fintech, bonos de deuda a cien años, la desaparición de reservas en oro del Banco Central y muchos ejemplos más). Las enormes sumas que pasaban así por las manos del Estado daban, además, ocasión para contratos de suministro, que eran otras tantas estafas, para sobornos, malversaciones y granujadas de todo género. La estafa al Estado en gran escala, tal como se practicaba por medio de los empréstitos, se repetía al por menor en las obras públicas. Y lo que ocurría entre la Cámara y el Gobierno se reproducía hasta el infinito en las relaciones entre los múltiples organismos de la Administración y los distintos empresarios.

Al igual que los gastos públicos en general y los empréstitos del Estado, la clase dominante explotaba la construcción de ferrocarriles (Ej. soterramiento del ferrocarril Sarmiento, el negocio de los parques eólicos1).

Las Cámaras echaban las cargas principales sobre las espaldas del Estado y aseguraban los frutos de oro a la aristocracia financiera especuladora. Se recordará el escándalo que se produjo en la Cámara de los Diputados cuando se descubrió accidentalmente que todos los miembros de la mayoría, incluyendo una parte de los ministros, se hallaban interesados como accionistas en las mismas obras de construcción de ferrocarriles que luego, como legisladores, hacían ejecutar a costa del Estado.

La monarquía de Julio no era más que una sociedad por acciones para la explotación de la riqueza nacional de Francia, cuyos dividendos se repartían entre los ministros, las Cámaras,240.000 electores y su séquito. Luis Felipe era el director de esta sociedad, un Roberto Macaire2 en el trono. El comercio, la industria, la agricultura, la navegación, los intereses de la burguesía industrial, tenían que sufrir constantemente riesgo, y quebranto bajo este sistema.

Mientras la aristocracia financiera hacía las leyes, regenteaba la administración del Estado, disponía de todos los poderes públicos organizados y dominaba a la opinión pública mediante la situación de hecho y mediante la prensa, se repetía en todas las esferas, desde la corte hasta el café borgne3, la misma prostitución, el mismo fraude descarado, el mismo afán por enriquecerse, no mediante la producción, sino mediante el escamoteo de la riqueza ajena ya creada.

Ambos textos “El dieciocho brumario de Luis Bonaparte” y “Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850” fueron tomados de: “Trabajo asalariado y capital” Karl Marx editorial Planeta Agostini -1985 – Barcelona- España.

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