
En la actualidad las pantallas se han convertido en el centro de nuestras vidas, si bien no podemos dejar de considerar la utilidad que significan, como también que han llegado para quedarse; han suplantado el contacto directo con el otro, la charla mediada por un café, una comida, un mate, entre otros. Nos vamos a dormir y lo último que tenemos en nuestras manos antes de cerrar los ojos, es una pantalla, también nos despierta y, casi automáticamente tomamos ese aparato que se nos ha convertido en una extensión (casi un órgano más) de nuestro cuerpo.
Hoy es impensado vivir sin ese dispositivo que hasta lo podemos manipular con una sola mano si queremos. Así nos acompaña las 24 horas del día, ya que durante la noche continúa funcionando y, si no nos despierta por algún motivo, al despertar nos informa de lo sucedido durante ese tramo de tiempo que estuvimos “descansando”.
Nuestros vínculos están mediados por lo digital, que, así como nos acercan y nos permiten estar en constante comunicación, nos distancian y no nos permiten profundizar en las relaciones, más estrechas y particulares/ intersubjetivas. Hoy le preguntamos a la IA cómo decirle a nuestra pareja, hijo, madre, padre, amigos, jefe, la palabra/frase justa para lograr llegar del modo más indicado y obtener lo que busco en esa relación. Frente a esto la pregunta que surge es: ¿qué siento, pienso por el otro? ¿Cuál es mi emoción frente a esta situación? la IA me está indicando lo que debo hacer.
Por eso, hablar de salud mental y pantallas no implica solamente preguntarnos cuánto tiempo pasamos frente a un dispositivo. La pregunta es más profunda: ¿qué lugar ocupan las pantallas en nuestra vida psíquica y vincular?
La tecnología no es, en sí misma, buena o mala. Nos ofrece posibilidades enormes de comunicación, aprendizaje, creatividad, acceso a información, entre otros. El problema aparece cuando la relación con las pantallas se convierte en lo exclusivo en la vida del sujeto y ha suplantado u ocupado el centro de lo cotidiano.
Observamos en la actualidad que, si bien estamos hiperconectados y “comunicados” con muchas personas, el sentimiento de soledad, la angustia, la ansiedad, la falta de sentido, entre otros está presente en gran parte de la población. A partir de todas estas manifestaciones aparecen patologías como: trastornos de ansiedad, depresión, fobia social. Lo más traumático que estamos transitando y que mayor temor nos da como sociedad es (fundamentalmente en San Luis) la ideación suicida y el suicidio mismo; a eso le podemos sumar las adicciones y más…
A la aparición invasiva de las tecnologías no le podemos cargar todo el peso de la problemática antes mencionada, pero se considera que se trata de un riesgo grave para nuestra salud mental y que patologiza principalmente a la población adolescente.
Con esto no se quiere decir que todas las personas que usan pantallas tienen problemas de salud mental, tal como se mencionaría anteriormente llegaron para quedarse, y son muy útiles, el punto para reflexionar estaría en: ¿cómo es mi relación con las pantallas?,¿las uso y con qué finalidad?, ¿para qué me sirven?, ¿son parte de mi vida o son mi vida?, entre otras. Quizás la respuesta a estos interrogantes pueda determinar en alguna medida esa cercanía o simbiosis que se tiene con las pantallas y entonces ahí poder determinar si es un problema que lleva a no poder controlar el uso, convirtiendo esto en abuso y por qué no, en una conducta adictiva.
A veces un modo de descubrir el abuso y/o conducta adictiva con las pantallas es prestarle atención o escuchar a las personas con las que se convive en lo cotidiano (hogar – trabajo), cuando no se dialoga, no se escucha lo que dicen, se está como en “automático”. Generalmente no se registra la simbiosis con la pantalla, ese apego patológico se naturaliza, es ahí donde ya se instala una problemática relacionada a la salud mental.
Cabe destacar que también el uso de la pantalla en la actualidad se observa como un modo de aliviar muchas emociones negativas que por las características de la época son intolerables, frente a cualquier malestar que en otras épocas se sorteaban de otros modos, hoy las pantallas cubren esas faltas al instante. Por supuesto esto trae como consecuencia, como antes se mencionó problemáticas relacionadas a la interacción con los otros, la profundización vincular y el compromiso afectivo.
Se considera que la salud mental no se logra desconectándose o no usando las pantallas, tal y como sabemos que para estar saludables tenemos que tener bienestar bio-psicosocial, y buscar el equilibrio constante. Es a partir de allí que nos debemos plantear y revisar nuestra relación con los dispositivos y con el otro, una cuestión fundamental es la calidad de la presencia, la disponibilidad que tenemos para con los demás.
Desde una perspectiva vincular, esto permite pensar que uno de los recursos más importantes que podemos ofrecerle a otro no es necesariamente una respuesta o una solución, sino nuestra presencia disponible. La conversación cara a cara implica gestos, silencios, miradas, tono de voz y corporalidad. Muchos de estos elementos se modifican cuando el intercambio queda reducido a mensajes escritos.
Para concluir la tecnología debe ser una herramienta al servicio de nuestra vida y no nuestra vida centrada alrededor de la tecnología. Si bien la misma forma parte de nuestra subjetividad contemporánea, cuidar nuestra salud mental también implica aprender a construir un vínculo saludable con el mundo digital.
A veces cuidar nuestra salud mental significa apagar la pantalla para volver a mirar a alguien a los ojos.

