La Fragilidad del Lazo Social ante el Imperativo del Consumo- Lic. Albertina Massana     &   Lic. Jorge Rodríguez

Lic. Albertina Massana                                                                                                               
   Lic. Jorge Rodríguez

El presente trabajo se propone indagar los efectos del discurso capitalista, la lógica del consumo y su  incidencia en el lazo social. Para ello se propone abordar en un primer momento las nociones de identidad e identificación para comprender los fenómenos actuales.

Habitualmente utilizamos identidad o identificación como sinónimos, sin embargo, la identidad implica un conjunto de rasgos propios de un individuo o de una comunidad caracterizándolo  frente a los demás,  apunta a “lo mismo” (ídem).  En cambio las identificaciones desde la  perspectiva psicoanalítica implica, según López (s.f),  el  paso por el Otro (imaginario y simbólico) y son  del orden del semblante, del parecer, y no del ser.  El concepto de identidad, continua la autora, tan utilizado por otros discursos, promueve un falso ser basado en una falsa unidad, a diferencia de las identificaciones que tienen características cambiantes, son sustituibles, e incluso susceptibles de desaparecer. Hay identificaciones, porque no hay identidad que respondería a la esencia del ser hablante. Si lo pensamos en el  plano de lo colectivo trae como consecuencia que el imperativo identitario, religioso, nacionalista, racial u otro, puede conducir a todo tipo de disparates y, en ocasiones, a las situaciones muy graves, como la historia nos demuestra. .

En esta articulación -o desarticulación, para ser más precisos-, entre individuo y sociedad, Burgaya (2025) plantea que el acento está puesto en “el individualismo extremo amparado en lo identitario, que nos lleva a ignorar nuestra responsabilidad individual” (p.234). Frente a la ignorancia de nuestra responsabilidad algunos sectores de la sociedad han sacado partido de ello y -sigue Burgaya- “la burbuja informativa en la que vivimos y los círculos cerrados en nuestras redes sociales terminan configurando una manada digital moldeada por la misma burbuja en la que estamos inmersos” (p.236). Las identidades se han convertido en un nicho del mercado, se diseñan productos y estrategias promocionales dirigidos a públicos que desean ser considerados específicos y diferentes, lo que contribuye a mantener ciertos componentes de marginalidad (p.237).

Al respecto Byung Chul Han (2017), sostiene que se trata de una sociedad sustentada en la cultura de la producción y la explotación de sí mismo, que expulsa lo diferente y abraza igual. Es así como el valor de una persona se mide en la capacidad de mostrarse exitoso y semejante a los demás, expulsando aquello que se percibe como diferente.

Para describir las coordenadas de la época actual, Berenstein (2021) toma como referencia el  “pseudodiscurso capitalista” propuesto por Lacan, y plantea que a diferencia de los discursos, este último carece de una inscripción del límite, rechazando la noción de imposible; fluye en una espiral infinita que redefine el poder, la producción y el trabajo. En este esquema, donde convergen la ciencia, la tecnología y el mercado, el lugar del agente es ocupado por un sujeto desdibujado y sin referencia. Aislado del Otro, este sujeto incorpora objetos de consumo prescindiendo de la validación simbólica. Esto produce sujetos sin sujeciones inconscientes claras, que inventan sus propios significantes para paliar su desorientación, cuya consecuencia es una “coalescencia” entre el sujeto y el objeto: el saber ya no interroga la verdad, sino que produce gadgets para suturar la división subjetiva. Así, el mercado manipula lo real  en un circuito de consumo ilimitado, bajo la ilusión de que el objeto finalmente podrá completar su falta.. El sujeto queda capturado o identificado con el objeto de consumo, dificultando su diferenciación, sumidos en la producción y la explotación bajo el imperativo de ser “exitosos”. Así, el objeto en su estatuto real ya no funciona como aquello que señala la falta, sino como aquello que pretende definir el ser del sujeto. El objeto ya no se sitúa en el semejante, sino que es provisto directamente por el mercado. Como consecuencia, el lazo con el Otro pierde relevancia y el surgimiento del sentimiento amoroso se obstaculiza, fragilizando el tejido social. Asimismo, al carecer de una clave de imposibilidad, esta lógica deriva en diversas formas de exceso y ausencia de límite, manifestándose en la acumulación infinita de capital, el juego compulsivo o la explotación humana.

En la misma línea, Berenstein (2021) sostiene que la lógica de mercado imperante “implica una sociedad que no está ordenada y enmarcada por un ideal compartido, con una historia común y un proyecto colectivo, sino que está hecha de múltiples redes que se entrecruzan y la ley no ejerce una función dominante ni limitante” (p. 52). De este modo, los ideales colectivos —como la fraternidad— se desvanecen frente a un individualismo. Asistimos a un agotamiento de los mecanismos que sustentan el lazo social, cuya radicalización se manifiesta en una disgregación que afecta desde la esfera más íntima del sujeto hasta los intercambios de la vida cotidiana.

La articulación de estos desarrollos permite concluir que la identidad funciona como una ilusión de unidad que intenta ocultar la división subjetiva, a partir de un falso ser. Mientras que el psicoanálisis sostiene su elaboración a partir de las identificaciones que son posibles a partir del paso por Otro,  del orden del semblante, del parecer, y no del ser.

Frente a los riesgos de los fanatismos identitarios (nacionalismos, racismos, radicalismos) que surgen como respuesta a la incertidumbre actual, el psicoanálisis propone una salida ética. En lugar de buscar refugio en la falsa seguridad de una etiqueta colectiva, se trata de asumir la división subjetiva y la responsabilidad sobre el propio síntoma.

En definitiva, la apuesta actual no es alcanzar una identidad plena —que no es más que un falso ser—, sino lograr un arreglo singular que permita al sujeto habitar el lazo social desde su propia diferencia, sin quedar atrapado en el imperativo de la uniformidad o el aislamiento del consumo.

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