Por qué la educación tributaria debería entrar al aula antes de que los Jóvenes entren al mercado
En Argentina se volvió casi un rito de pasaje: alguien de veinte años, con una idea, algo de coraje y una cuenta en una billetera virtual, decide emprender. Aprendió a leer un balance en un video de YouTube, sabe qué es una tasa de interés compuesto y probablemente tenga una opinión formada sobre criptomonedas. Lo que no sabe, en la enorme mayoría de los casos, es qué impuesto le corresponde pagar el mes que viene, ni a qué nivel de gobierno, ni qué pasa si no lo paga. Y ese desconocimiento, silencioso y poco glamoroso, termina siendo tan letal para un emprendimiento como cualquier error de mercado.
El interés por las finanzas personales de los últimos años tuvo, sin dudas, un efecto positivo instalando la idea de que ahorrar, invertir y entender el dinero no son temas reservados para especialistas. Pero en ese mismo proceso quedó una deuda pendiente, casi invisible y que nadie reclama con la misma pasión con la que se debate sobre el dólar o inflación y es saber de impuestos en un país donde la presión tributaria lidera los rankings mundiales. Se les enseña a los jóvenes a proyectar una rentabilidad,
pero no a calcular cuánto de esa rentabilidad se la va a llevar el Estado, ni bajo qué reglas, ni con qué consecuencias si se ignoran.
El dato no es menor. Argentina exhibe una de las presiones tributarias más altas del mundo, cercana al 30% del PBI si se consideran solo los ingresos tributarios. Ese número, frío en una planilla, se traduce en algo muy concreto para quien recién empieza, impuestos, tasas y contribuciones en tres niveles distintos de gobierno —nación, provincia y municipio— que conviven, se superponen y, en muchos casos, ni siquiera dialogan entre sí. Cumplir con uno no exime de cumplir con los otros. Y esa obviedad, que cualquier contador da por sentada, es exactamente lo que un adolescente de dieciocho años que sueña con abrir su primer local no tiene por qué saber, salvo que alguien se lo haya explicado antes.
Ese es el problema de fondo y nadie se lo explica. La escuela media, ocupada en formar ciudadanos y en cumplir con contenidos curriculares que ya desbordan el calendario, rara vez incluye una charla sobre monotributo, IVA o Ingresos Brutos. Y sin embargo, esa misma escuela es la que despide cada año a miles de chicos que, en el mejor de los casos, van a intentar convertir una idea en un negocio. Muchos de ellos seguramente no logran consolidar un emprendimiento y no siempre se debe a una mala gestión comercial, sino a errores tributarios evitables como una recategorización que no se hizo a tiempo, una habilitación municipal que se pasó por alto, una multa que llegó por no presentar algo que ni siquiera implicaba pagar dinero.
Lo llamativo es que la solución no exige una reforma educativa faraónica ni un gasto público considerable. Alcanza, muchas veces, con acercar a los estudiantes información que ya existe pero que nadie ordena para ellos. Explicación breve sobre los principales tributos y por qué el Estado tiene la potestad de exigirlos, cuál es la diferencia entre un impuesto, una tasa y una contribución, qué implica el monotributo como puerta de entrada al mundo formal, y qué otros compromisos —muy distintos y bastante más complejos— aparecen cuando el negocio crece y hay que empezar a hablar de IVA y de Ganancias. Nada de esto requiere convertir a un chico de escuela secundaria en contador. Alcanza con que sepa que ese universo existe, que tiene reglas, y que ignorarlas tiene un costo.
Hay, además, una razón pedagógica para intervenir justo en ese momento de la vida escolar. Los últimos años del secundario son, para buena parte de los adolescentes, la antesala inmediata del mercado laboral o de un emprendimiento propio. Es la franja etaria en la que la teoría empieza a rozar la práctica, se cursan materias sobre proyectos, se organizan ferias de emprendedores, se sueña en voz alta con un local, una marca, un servicio. Dejar pasar esa ventana sin mencionar la palabra “impuesto” es desaprovechar el momento exacto en que ese conocimiento dejaría de ser abstracto para volverse útil.
Tampoco hace falta convertir esas charlas en clases magistrales sobre derecho tributario. Basta con encuentros breves, con casos reales, con espacio para preguntas concretas, cuánto cuesta blanquear un pequeño emprendimiento, qué pasa si se factura sin estar inscripto, a quién hay que avisarle cuando se abre un local al público. La experiencia de vincular a las universidades con las escuelas medias para este tipo de formación demuestra que el formato importa menos que la voluntad de acercar el tema. Lo esencial es que alguien se anime a hablar de plata, de Estado y de reglas del juego con la misma naturalidad con la que hoy se habla de finanzas personales.
Vale una aclaración, nada de esto reemplaza a un asesor profesional. Nadie espera que un joven de dieciocho años sepa liquidar un balance impositivo. Pero sí se le puede enseñar a reconocer el terreno en el que va a transitar, a identificar cuándo necesita ayuda experta y a entender que la tributación no es un capítulo aparte de su proyecto, sino una variable que atraviesa cada decisión: cuánto cobrar, cómo organizarse, qué forma jurídica adoptar.
Hay quienes argumentarán que ese rol le corresponde a la familia, o directamente al mercado, que cada uno aprenda a los golpes, como aprendieron generaciones anteriores. El argumento tiene algo de cierto —nadie termina de aprender tributación en una charla de media hora— pero también tiene un costo social que solemos subestimar. Cada emprendimiento que cierra por una multa evitable, por una inscripción que se pasó por alto o por no entender que el monotributo nacional no reemplaza a la habilitación municipal, es una fuente de trabajo que no llegó a consolidarse, un aprendizaje que se pagó con el cierre del negocio en lugar de con una charla previa. Aprender a los golpes es carísimo cuando el golpe te lo da el fisco.
Tampoco se trata de una preocupación exclusivamente argentina, aunque acá pese más por el tamaño de la carga tributaria. En cualquier economía con un Estado presente, el joven que emprende sin entender las reglas fiscales corre con una desventaja silenciosa frente a quien sí las conoce, paga de más, se atrasa en trámites que no cuestan dinero pero sí tiempo y tranquilidad, y en el peor de los casos, termina resignando el proyecto no porque no tuviera mercado, sino porque no tuvo quién le explicara, a tiempo, un puñado de conceptos básicos.
La educación financiera ya ganó su lugar en la conversación pública. Es hora de que la educación tributaria consiga el mismo espacio, no como un tecnicismo reservado a especialistas, sino como una herramienta de supervivencia para cualquiera que sueñe con emprender en un país donde el Estado, para bien o para mal, siempre está presente. Enseñarles a los chicos a leer una factura, a entender un monotributo o a distinguir entre un impuesto y una tasa no los va a convertir en expertos. Pero sí puede ser, para más de uno, la diferencia entre sostener un proyecto y verlo naufragar antes de tiempo.
* Nota de opinión elaborada a partir de la propuesta “Capacitación para la Educación Tributaria en el contexto de la Educación Media”, presentada por el Proyecto de Investigación PI UNSL 2026 – 2029 (Ord. CS Nº 4/25): “Estudios sobre la Recaudación Tributaria en Argentina y su relación con las políticas presupuestarias públicas en los últimos 20 años. Concepciones Institucionales e Ideológicas y su impacto en Desarrollo Económico y Social” de la Facultad de Ciencias Económicas Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional de San Luis en las II Jornadas Nacionales de Educación (Mendoza, 2026).
