Mgter. Jorge Ariel Sosa
La estructura económica de Argentina ha estado marcada por un sector agropecuario que genera las divisas provenientes de los bienes que se exportan y por otro lado un débil sector industrial que a lo largo de décadas solo se limita a producir para el mercado interno sin mostrar condiciones para colocar sus productos y servicios en el
extranjero.
Este sector industrial depende exclusivamente de esas divisas que genera el sector agropecuario para adquirir bienes de capital entre otros para afectarlos a sus procesos de producción.
En el medio están los asalariados que reciben sueldos por parte de la industria y esos fondos son volcados al consumo interno.
La discusión aquí se plantea en base a ciertas teorías y estudios (Canitrot), y se pretende hacer algunas conclusiones en base al actual contexto económico y como se ha generado mucha tensión salarial y una nueva baja del consumo interno en Mayo del 0.3% mensual y 2.2% interanual, mostrando su sexta caída consecutiva respecto al año anterior.
Hemos podido visualizar en los últimos 2 años que el gasto público ha caído sustancialmente, conjuntamente con la inversión y consumo. ¿La pregunta surge como crece el PBI de esta manera?? La respuesta está en la balanza comercial. Es la única cuenta que podemos decir que le da positiva al gobierno.
Durante el mes pasado las exportaciones fueron superiores los USD 9.500 millones y el saldo comercial tuvo un récord histórico, entre las ventas agrícolas ganaderas y un incremento del 167,1% en los envíos de combustibles y energía al exterior.
Pero el contraste se da en la industria que usa su capacidad instalada más baja en los últimos 14 años derivados de la escasa demanda de su producción.
El Gobierno de Javier Milei sabe que para provocar un incremento en el consumo interno debe flexibilizar su embestida contra el sistema paritario y aportar a la economía algunas condiciones necesarias para el crecimiento de los sectores productivos. Pero mejorar la demanda de productos y servicios en el país requiere justamente darle mayor poder compra a los trabajadores y por ende aumentar la demanda de bienes importados para la industria en desmedro del saldo comercial.
Como hemos podido deducir, no se percibe en los planes de Milei alterar el destino del superávit comercial. Todos sabemos que el corazón del crecimiento está en el mercado interno, pero en este caso el resultado positivo de la restricción externa subordina la posibilidad de que existan mejores sueldos.
Es absolutamente indudable la matriz que propone el Gobierno no plantea ninguna redistribución de los excedentes, ni devaluación que aporte un nuevo escenario en el corto o largo plazo. Aumentar el salario real como proyecto de mejora de vida dependerá siempre de incrementar las exportaciones, que si lo estamos percibiendo, pero seguido de inversión en la industria sustitutiva de importaciones que hoy está condicionada por el propio gobierno.
Podríamos justificar en cierto sentido que los excedentes fueran destinados al pago de deuda y que disminuya los saldos netos de las obligaciones, pero según los datos, las nuevas colocaciones en los mercados a tasas más saludables o plazos convenientes están en modo espera de algunas coyunturas que se hacen esperar.
Tampoco podemos afirmar que hay un proceso de importación de bienes, tecnología y equipos que son destinados a mejorar la capacidad de producción interna. De ser así, se podría justificar un periodo de inversión que le dará mayores agregados a la capacidad fabril y de servicios en el futuro. Esta situación tampoco está vigente.
El nuevo modelo está planteado y seguramente los niveles salariales dependerán de que Argentina mejore la calidad en los reclamos y las instituciones que representan a los trabajadores que hoy están siendo fuertemente cuestionadas.
