
Doctoranda en Desarrollo Territorial (UNRC) / Investigadora y Docente de la FCEJS-UNSL
En los últimos años, el ecosistema económico del interior argentino ha visto como los parches cotidianos se convierten en modelos estructurales de empleo. Villa Mercedes, tradicionalmente se ha caracterizado por ser un polo industrial y logístico de la provincia de San Luis, no ha quedado al margen de las nuevas reconfiguraciones. El desembarco y posterior debate en torno al funcionamiento de la plataforma como Uber en el ejido urbano trascienden la mera discusión técnica sobre el transporte público, representan la consolidación local de la llamada “uberización de la economía”.
Bajo la narrativa o premisa del “ser tu propio jefe”, la idealización de creer en “la flexibilidad horaria” y del “manejo de los tiempos”, el algoritmo se presenta como una aparente tabla de salvación frente a la pérdida del poder adquisitivo y el achicamiento del mercado laboral formal. Sin embargo, lo que en el discurso corporativo aparece como democratización de la tecnología, en la práctica cotidiana de las calles mercedinas se revela como una estrategia sofisticada de transferencia de costos y riesgos hacia el trabajador. El chofer no solo pone su fuerza de trabajo, aporta el capital (el vehículo), asume el mantenimiento, el combustible, la depreciación del bien y los riesgos físicos, mientras la plataforma extrae una tajada neta de la tarifa mediante un intermediario invisible y deslocalizado. Un intermediario aparentemente invisible que opera desde una plataforma mediatizadora de los intercambios.
Taxis, remises y el choque de dos épocas en las calles mercedinas
El conflicto en Villa Mercedes expone las tensiones estructurales de este modelo. Durante décadas, el sistema de taxis (identificados con sus tradicionales sombretes amarillos) y remises (sombretes verdes) constituyó una red de trabajo local regulada que alimentaba la economía de la ciudad, mecánicos, chapistas, casas de repuestos y agencias locales formaban parte de un circuito donde la ganancia circulaba dentro de la misma comunidad.
La irrupción de Uber alteró de raíz este tablero, dividiendo a la sociedad entre usuarios golpeados por la inflación que buscan tarifas más accesibles y trabajadores históricos que ven desmoronarse el valor de sus licencias e ingresos acumulados durante años.
Ante esta fricción, la respuesta institucional derivo en debates legislativos en el Concejo Deliberante para fijar requisitos equivalentes -desde licencias profesionales “D” hasta certificados de antecedente, seguros específicos y registros digitales-. No obstante, este intento de equiparación normativa enfrenta una paradoja central: ¿se puede regular con herramientas del siglo XX a un actor corporativo trasnacional diseñada explícitamente para eludir las cargas del contrato laboral tradicional?
Al exigirle al chofer de aplicación las mismas obligaciones que al taxista pero sin asegurarle los derechos de un empleado en relación de dependencia (vacaciones, aportes jubilatorios, ART, indemnización), la regulación corre el riesgo de formalizar la exigencia municipal dejando intacta la informalidad laboral de base.

La paradoja de la informalidad formalizada y el escenario que viene
La realidad que se vislumbra en el horizonte de Villa Mercedes no es un hecho aislado, sino el reflejo de una mutación global en el mundo del trabajo. La “uberización” no crea empleo formal, en el mejor de los casos, gestiona la informalidad de modo eficiente a través de una interfaz amigable en las pantallas de los teléfonos.
El verdadero drama social radica en la plataforma florece allí donde el mercado laboral formal se contrae. Cuando una fábrica reduce su personal o el comercio local pierde ventas, la app no funciona como una opción de carrera, sino como un refugio de contención social. El chofer de Uber en Villa Mercedes muchas veces es el obrero suspendido, el profesional precarizado o el joven que no encuentra su primer empleo formal. Y lo más alarmante es la alienación de remiseros y taxistas que encubiertamente trabajan en simultáneo de Uber.
El escenario a futuro plantea interrogantes incómodos para la política pública local y provincial:
- La ilusión de la igualdad de condiciones: Exigir tributos y controles mecánicos es necesario para proteger al usuario, pero no soluciona el vacío de protección social de los conductores cuando decae la demanda o enferman.
- El impacto en el consumo local: La extracción de comisiones directas de la
masa salarial que genera el transporte de pasajeros en la ciudad desplaza recursos que antes se consumían en los comercios de cercanía hacia cuentas corporativas globales.
- La naturalización de la incertidumbre: Se consolida una cultura laboral donde
la estabilidad, el descanso pagado y la seguridad social son percibidos como “lujos del pasado”, reemplazados por el pago por viaje al instante y la subordinación al rating del usuario.
Reflexión Final: ¿Progreso tecnológico o retroceso social?
La tecnología no es neutra. La llegada de Uber a la ciudad de Villa Mercedes no debe leerse como el triunfo inexorable de la modernidad sobre lo arcaico, ni tampoco como una amenaza que deba combatirse con la prohibición abstracta. La discusión de fondo que el municipio y sus ciudadanos deben encarar es qué clase de entramado social se quiere construir.
Aceptar la uberización sin un análisis crítico implica validar un modelo donde la productividad aumenta a costa de la vulnerabilidad de quien maneja. Para que la innovación sea verdadero progreso en Villa Mercedes, la integración de nuevas tecnologías de movilidad debe ir acompañada de mecanismos que defienda la dignidad del trabajo, garanticen la seguridad del pasajero y eviten que la flexibilidad se convierta, definitivamente, en el nuevo nombre de la desprotección.
