
Las cuatro revoluciones industriales representan los grandes saltos tecnológicos que transformaron por completo la economía, la producción y la estructura de la sociedad humana a lo largo de la historia. Actualmente nos encontramos en la cuarta revolución industrial denominada 4.0 (o Industria 4.0) por su correspondencia con la informática, la telemática, la robótica y la inteligencia artificial. Esta última constituye el elemento central y está relacionada con la acumulación de datos (big data), el uso de algoritmos para procesarlos y la interconexión de sistemas digitales. Asimismo, dicha revolución va de la mano con la novedosa forma en la que se organizan los medios de producción a través de fábricas inteligentes (fabricas automatizadas en serie).
Este cambio tecnológico se presenta a partir de dos grandes dimensiones. La primera está constituida por la robotización de la industria, que impacta en el funcionamiento de las cadenas productivas y permite que las máquinas lleven a cabo el trabajo pesado, peligroso y/o insalubre. La segunda está conformada por las plataformas electrónicas, que configuran un nuevo modelo de negocios basado en una infraestructura digital que las tiene como intermediarias, sin formar parte de la producción directa.
Diversas posturas se han suscitado respecto a la automatización y la transformación digital desde la teoría crítica de la economía política. Por un lado, se argumenta que las tecnologías digitales nacen del poder desigual, refuerzan los antagonismos de clase y, por lo tanto, no son neutrales: el poder reside en el capital y no en el trabajo. Además, se constituye como objetivo principal el incremento de la plusvalía, que perjudica los trabajadores al ser excluidos del mercado laboral o relegados en la jerarquía laboral. En líneas similares, se sostiene que la tecnología representa un instrumento para ampliar y/o maximizar la producción y el consumo. A su vez, aquella permite la explotación y la alienación de los empleados, considerándola como una fuerza negativa y esclavizante. En contraposición a estas posturas, se sostiene que la tecnología y la automatización son positivas porque permiten que los trabajadores lleven a cabo menos tareas y puedan tener más tiempo libre y/o de recreación, desconociendo que para que ello sea posible son necesarias múltiples reformas y cambios en la propiedad (medios de producción). De esta manera, este debate actualiza, en clave contemporánea, la vieja tensión entre aquel que enajena su trabajo y aquel que detenta los medios de producción: la lucha de clases sigue presente en cada etapa industrial, aunque hoy tome la forma de corporaciones transnacionales frente a Estados capitalistas contemporáneos.
Con la cuarta revolución se presentan como ejes centrales la descentralización, la desterritorialización y la flexibilización (productiva, comercial, salarial y laboral). Dichos cambios inciden en la producción y, por ende, en las economías nacionales, ya que las corporaciones trasnacionales promueven, fomentan e incitan la universalización y la libre circulación de capitales a nivel internacional. A su vez, en esta dinámica, el Estado nacional, a través de su política económica, regula (o desregula) la economía e implementa (o no) mecanismos de apertura de la economía. Los gobiernos y formulación de políticas no son neutrales, ya que se adecuan a las lógicas del mercado y al desarrollo tecnológico estimulado por las empresas, pero al mismo tiempo condicionan las relaciones sociales de producción. De tal forma, el Estado facilita las condiciones para el crecimiento tecnológico y económico, dejando al mercado la organización de la sociedad y del trabajo. En consecuencia, los Estados nacionales que favorecen la apertura económica y la libre circulación de capitales, a su vez, restringen, limitan y/o disminuyen los derechos económicos y sociales de los trabajadores de sus territorios. Reflejo de ello son las múltiples reformas laborales y tributarias que se han suscitado en Argentina durante el actual gobierno del presidente Javier Milei y que van de la mano con la lógica de la ganancia y la acumulación capitalista. Aquellas modificaciones inciden en relaciones sociales de producción, condicionando el ingreso, estabilidad y las condiciones laborales de los empleados. Por ende, se está ampliando la pobreza, el desempleo, la informalidad y la precarización laboral.
Frente a este panorama, circulan propuestas interesantes para pensar el futuro del trabajo. Una de ellas es el modelo post-trabajo (PPT), que se basa en cuatro elementos: la automatización total de las actividades productivas, la reducción de la semana laboral, la renta básica universal como ingreso económico asegurado por el Estado, y la disminución de la ética tradicional del trabajo, que deja de ser el centro de la vida social y económica. Otra propuesta es la Industria 5.0, caracterizada por el humanocentrismo, la sostenibilidad y la resiliencia. Propone integrar la tecnología con el bienestar humano y la sostenibilidad ambiental. A diferencia de la Industria 4.0, orientada a la automatización y la eficiencia, la Industria 5.0 ubica a las personas en el epicentro de los procesos productivos.
En ambos casos, se destaca la importancia de utilizar los avances tecnológicos no solamente para aumentar la producción y la eficiencia, sino también para mejorar la calidad de vida de las personas. En definitiva, el desarrollo tecnológico puede abrir oportunidades para construir sociedades más inclusivas y sostenibles, aunque su implementación dependerá de decisiones políticas, económicas y sociales orientadas al beneficio colectivo y no solamente al crecimiento económico.
Reflexiones finales
La idea de un mundo en el que los robots, máquinas y la inteligencia artificial liberen totalmente a las personas del trabajo solamente podría concretarse mediante una transformación profunda de la propiedad de los medios de producción. Si ello no fuera así, lejos de resolver las desigualdades sociales, una automatización total dentro del capitalismo podría profundizar aún más la concentración económica y el poder de las grandes corporaciones.
En este sentido, el capitalismo no conforma un sistema económico basado únicamente en la propiedad privada y la obtención de ganancias, sino también una forma de organización social que reproduce desigualdades, exclusión y dependencia. En efecto, estas contradicciones están dadas por la acumulación, la precarización laboral, el endeudamiento, el extractivismo y la subordinación de las economías nacionales a los capitales internacionales. Ante esta realidad, es necesario reflexionar sobre la necesidad de transformar las relaciones económicas y sociales que sostienen al sistema capitalista actual.
En este marco, se presentan como alternativas la economía social y solidaria (a través de cooperativas, empresas recuperadas, organizaciones comunitarias y experiencias de autogestión) y la planificación democrática de la economía. Asimismo, el Estado debe desempeñar un papel activo en la distribución de la riqueza, la garantía de derechos sociales y la organización de políticas públicas que prioricen las necesidades de las mayorías. Finalmente, se debe tener en cuenta que ningún país puede enfrentar de manera aislada el poder de las corporaciones transnacionales y del sistema financiero global, por lo que resulta de suma importancia la integración regional latinoamericana.
En conclusión, el capitalismo fomenta valores individualistas y consumistas, por ello la transición implica también una transformación ética y cultural basada en la cooperación, la participación, la justicia social y sustentabilidad ambiental. De tal forma, no caben dudas que, para construir una mejor sociedad, es necesaria una nueva forma de organización económica, productiva y social que implique un accionar colectivo con mayor conciencia social y ambiental.
